miércoles, diciembre 20, 2006

Cerraré los ojos, pero por favor, dispare ya




Solitario, dícese de la condición con la que se nace, se convive y su muere. Esta es la definición de mi particular diccionario de la RAE, en cuanto a mi persona. Lo cierto, es que no me extraño nada recordar su definición. Apenas levanté la vista del libro, segui como si nada, en proceso de arrastrarme hacia mi bunker personal, mi hotel para solitarios, en la habiatación de siempre. Por cierto, cada vez lo visito con más frecuencia. Quizá debería hablar con un profesional, ejem.


Hoy, en apenas menos de una semana, he vuelto a tocar fondo. Tenia la extraña premonición que me decía con voz firme, no seas tonto, quédate en la cama, pero ay tozudo de mi. Desde que me he levantado, toda una serie de actos autodestructivos se han concernido en torno mi. Primero y como cada mañana, he ido a clase, sin fortuna. Hoy parece ser, que a los funcionarios no les tocaba trabajar. Despues y por mi primera vez, trás hablar con un antiguo compañero, he tenido la sensación de tirar 3 años de mi vida a la basura. Creo que esa definición esta bastante acertada. Puta vida laboral, que asco da. Parece ser que los estudios por los que aparté mis sueños, no valen más que los de un barrendero o cajero del Alimerka - con todo el respeto para esos gremios- . Que indignación. Se ha acrecentado con esto, mi sensanción de funanbulista y por todos es sabido, que este es peligroso oficio. Díganme alguien que sea voluntariamente capaz de caminar con una venda en los ojos por una pértiga diminuta a tropecientos metros de altura. No conocen a nadie? Pues vaya... así me siento yo.


Aunque quizá, lo que más me duela, es la sensación de ir perdiendo mi bohemio oficio, el de artesano de las palabras. Durante tiempo, me he ido secando, como la arcilla al sol, o las rosas ante el caluroso agosto. Sin ideas, sin nada que decir, acorbadado, con la cabeza hundida en la sábana y sin mirar hacia arriba, como cualquier pusilánime simplista, de los que aceptan su destino empujando la polea que mueve el mundo. Parece ser, que yo habia acatado mi profesión de solitario y fracasado. Ni mis estudios me complacen, ni tengo chicha para seguir mis deseos. Al fin y al cabo, a parte de solitario, deberían colgarme a mi también el cartel de pusilánime.


Quizá este mal acostumbrado, pero el haberme quedado sin "trabajo" en esta ocasión, debería hacerme plantear mi situación e inventarme otro as en la manga del que tirar. Lo veo díficil, porque la jugada, ya está demasiado agotada. Me gustaria sacar de mi manga una reina de corazones, que me hiciese reir en los momentos dificiles, y que me abrazase en los fáciles. Y que narices, las otras 2 reinas y 2 comodines necesarios para hacer un buen répoker y sentirme ganador. Más bién, ser ganador, de una vez por todas.


Sin embargo... asi es la vida, salvaje e impredecible, como una mano de póker a vida o muerte. Misteriosa dama de negro, hoy me ha vencido, pero mañana, sera otro dia. Yo cerraré los ojos, pero por favor, dispare ya de una vez.


viernes, diciembre 08, 2006

Angustias y soledades: Cap 1


Recuerdo aquella escena de Casablanca, donde Humprey Bogart decía la célebre frase "siempre nos quedará París". Me temo que a mi, siempre me quedará mi Hotel para solitarios. Me habia prometido, tratar de olvidarme de la adicción que supone beber sentado en la ventana de sus habitaciones posteriores, entre las estancias del servicio limpieza, donde te sientes observador del mundo, sin que nadie se fije en ti. Y allí, he vuelto a coger una cerveza del minibar, he abierto una de las amplias ventanas viejas y me he sentado, con el único objetivo de siempre: encontrar el equilibrio necesario.

Hoy no hablaré de cosas profundas o excesivamente hipersensibles. Hablaré de uno de los miedos comunes a todos. El miedo a la soledad. Al fin y al cabo, todos hemos tenido esa sensación infinidad de veces. Y que duda cabe, es incómoda. Te sientes vacio, el silencio te sobrecoge, las paredes se te caen, y el menor ruido posible, es capaz de erizarte el vello. Sientes la necesidad de rodearte de calor, para acallar el hielo que te entra por los tobillos para recordarte " estas sólo pequeño ", " aquí no hay nadie más que tú", "los silencios te acorralan". El corazón se te acelera, con un tic tac un más centelleante que rítmico, acompañado del reloj de pared del salón, haciendo el penduleante y pesado tac, tac, tac. Entonces, ya no se si gritar, llorar, huir, o hacerlo todo a la vez.
Decido, en un vano intento de liberarme, cruzar la puerta y salir a la calle. Consciente de que necesitaba el conctacto con el mayor número de personas posibles, decido coger el trasporte público. El destino, lo de menos. Lo realmente importante es dejar atrás el demonio que me persigue y me resopla tan fuerte, que hasta siento su aliento en mi cuello. Me subo al primer autobús que pasa, que está a punto de salir. " Buenas tardes, ufff, que frio" digo al conductor, mientras pago el billete. Nadie responde. Enfilo entonces el pasillo, observando a la gente que se halla sentada, con rostro indferente. Unos miran al cristal, otros a la nada, otros siguen conectados a su Ipod. Lanzo otro saludo, igualmente fallido, " Buenas ". Nada. Me siento al lado de una señora mayor, esperando que quizá, pueda entablar una conversación vanal y rutinaria, sobre aspectos como el tiempo, que suele ser el tema rey en estos casos. Me giro hacia ella, la saludo cortesmente. Nada.
Visto lo visto, me bajo en la primera parada. Más hundido que anteriormente, más sólo que antes, camino enfermo entre las sombras y luces de una ciudad norteña a finales de otoño. Creo incluso en mi delirio, notar que personas me miran, con ojos asustados, como apartándose de mi. Hasta me parece ver cosas extrañas. Seres que sólo me miran a mí, gente que murmulla sobre mi soledad, mi estado civil, vida amorosa con desternillantes risotadas; sobre mi oficio, personas que se paran y me clavan la mirada, niños que dejan de jugar a mi paso y corren hacia sus madres. ¿Soy la sombra del miedo, la triste figura de la soledad? No lo sé.
Necesito mudar la piel. Cambiar la soledad enfermiza y obsesiva por su prima, la tranquilidad. Calmarme al fin y al cabo. Entonces, decido concederme uno de esos caprichos mentales -placebos si se prefiere-.
Me abrigo lo más posible y camino hacia la playa. Seguramente, hay tan pocos lugares capaces de transformar la soledad obsesiva, en soledad elegante, que ese es uno de ellos. Y si, sigues estando solo, pero todo cambia. Cierro los ojos y me esfuerzo en repetir en mi mente mis estrofas preferidas de Radiohead o Travis, mientras trato de respirar lo más profundo posible el salitre que llega, con el mar rugiendo.Y entonces, en cuestion de minutos, todo ha cambiado. El tiempo ha pasado tan rápido, que los minutos que creía gastados en mis descalibradas percepciones, se habían convertido en horas. La soledad, se volvió calma. Puedo volver a casa tranquilo, sin torturarme por ver parejas caminando de la mano, sin sobresaltarme al escuchar el tic tac del reloj de la plaza mayor, o incluso saludar a la gente que me clava la mirada a mi paso.
Mis necesidades sociales, se han calmado, por si solas nuevamente, sin acurrucarme en el regazo de alguien que me bese en la mejilla, me acaricie el cabello o me abrace. Sin haber realizado toda esa serie de llamadas suicidas que van de la A a la Z de la agenda, y que te recuerdan aún más, que te has quedado sólo, como las tórtolas viudas, como los jilgueros de mi balcón, o como las llorosas almas de los amantes muertos que miran a la nada, en mis delirios de soledad.
El hotelero