Angustias y soledades: Cap 1

Recuerdo aquella escena de Casablanca, donde Humprey Bogart decía la célebre frase "siempre nos quedará París". Me temo que a mi, siempre me quedará mi Hotel para solitarios. Me habia prometido, tratar de olvidarme de la adicción que supone beber sentado en la ventana de sus habitaciones posteriores, entre las estancias del servicio limpieza, donde te sientes observador del mundo, sin que nadie se fije en ti. Y allí, he vuelto a coger una cerveza del minibar, he abierto una de las amplias ventanas viejas y me he sentado, con el único objetivo de siempre: encontrar el equilibrio necesario.
Hoy no hablaré de cosas profundas o excesivamente hipersensibles. Hablaré de uno de los miedos comunes a todos. El miedo a la soledad. Al fin y al cabo, todos hemos tenido esa sensación infinidad de veces. Y que duda cabe, es incómoda. Te sientes vacio, el silencio te sobrecoge, las paredes se te caen, y el menor ruido posible, es capaz de erizarte el vello. Sientes la necesidad de rodearte de calor, para acallar el hielo que te entra por los tobillos para recordarte " estas sólo pequeño ", " aquí no hay nadie más que tú", "los silencios te acorralan". El corazón se te acelera, con un tic tac un más centelleante que rítmico, acompañado del reloj de pared del salón, haciendo el penduleante y pesado tac, tac, tac. Entonces, ya no se si gritar, llorar, huir, o hacerlo todo a la vez.
Decido, en un vano intento de liberarme, cruzar la puerta y salir a la calle. Consciente de que necesitaba el conctacto con el mayor número de personas posibles, decido coger el trasporte público. El destino, lo de menos. Lo realmente importante es dejar atrás el demonio que me persigue y me resopla tan fuerte, que hasta siento su aliento en mi cuello. Me subo al primer autobús que pasa, que está a punto de salir. " Buenas tardes, ufff, que frio" digo al conductor, mientras pago el billete. Nadie responde. Enfilo entonces el pasillo, observando a la gente que se halla sentada, con rostro indferente. Unos miran al cristal, otros a la nada, otros siguen conectados a su Ipod. Lanzo otro saludo, igualmente fallido, " Buenas ". Nada. Me siento al lado de una señora mayor, esperando que quizá, pueda entablar una conversación vanal y rutinaria, sobre aspectos como el tiempo, que suele ser el tema rey en estos casos. Me giro hacia ella, la saludo cortesmente. Nada.
Visto lo visto, me bajo en la primera parada. Más hundido que anteriormente, más sólo que antes, camino enfermo entre las sombras y luces de una ciudad norteña a finales de otoño. Creo incluso en mi delirio, notar que personas me miran, con ojos asustados, como apartándose de mi. Hasta me parece ver cosas extrañas. Seres que sólo me miran a mí, gente que murmulla sobre mi soledad, mi estado civil, vida amorosa con desternillantes risotadas; sobre mi oficio, personas que se paran y me clavan la mirada, niños que dejan de jugar a mi paso y corren hacia sus madres. ¿Soy la sombra del miedo, la triste figura de la soledad? No lo sé.
Necesito mudar la piel. Cambiar la soledad enfermiza y obsesiva por su prima, la tranquilidad. Calmarme al fin y al cabo. Entonces, decido concederme uno de esos caprichos mentales -placebos si se prefiere-.
Me abrigo lo más posible y camino hacia la playa. Seguramente, hay tan pocos lugares capaces de transformar la soledad obsesiva, en soledad elegante, que ese es uno de ellos. Y si, sigues estando solo, pero todo cambia. Cierro los ojos y me esfuerzo en repetir en mi mente mis estrofas preferidas de Radiohead o Travis, mientras trato de respirar lo más profundo posible el salitre que llega, con el mar rugiendo.Y entonces, en cuestion de minutos, todo ha cambiado. El tiempo ha pasado tan rápido, que los minutos que creía gastados en mis descalibradas percepciones, se habían convertido en horas. La soledad, se volvió calma. Puedo volver a casa tranquilo, sin torturarme por ver parejas caminando de la mano, sin sobresaltarme al escuchar el tic tac del reloj de la plaza mayor, o incluso saludar a la gente que me clava la mirada a mi paso.
Mis necesidades sociales, se han calmado, por si solas nuevamente, sin acurrucarme en el regazo de alguien que me bese en la mejilla, me acaricie el cabello o me abrace. Sin haber realizado toda esa serie de llamadas suicidas que van de la A a la Z de la agenda, y que te recuerdan aún más, que te has quedado sólo, como las tórtolas viudas, como los jilgueros de mi balcón, o como las llorosas almas de los amantes muertos que miran a la nada, en mis delirios de soledad.
El hotelero

2 Comments:
Hola! yo creo que todos nos hemos sentido solos alguna vez y por ello sabemos lo que es el miedo a la soledad,a que nadie te mire,a que nadie te conozca y a que todo el mundo se olvide de ti,pero lo cierto esque yo a veces me siento sola aun teniendo a mil personas rodeándome,asique...que ya somos dos solitarios!:D.
Un beso!
Precioso, chaval, cada día escribes mejor. Esta vez no se ha quedado en un "está bien". Realmente me lo estaba imaginando, como cuando estás leyendo un libro, ya estoy esperando el siguiente capítulo!!
Encima con el disco de Jorge Drexler de fondo jeje. Un abrazo, amigo.
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