Mi Primer Relato Corto: Cap 1

El paso de los tiempos, nos ha dejado incontables historias, que han nacido, a su vez, de otras historias, ficticias o inventadas en muchos casos, pero que al fin y al cabo, consiguen despertarnos del letargo social en que nos encontramos.
En algunos casos, superan incluso el calificativo de leyenda urbana, cuando algunas de esas parábolas, cuentos para no dormir, parecen cobrar vida. Esta historia, no es una historia de terror, pero si de miedo. Habla del miedo más intenso que puede existir en el hombre, el miedo a quedarse solo, vestido del misterioso disfraz de siervo de Cupido, en sus azarosos menesteres.
Seguramente, esta sea una de esas historias, en que cautivado y cautivadora apenas han cruzado jamás alguna palabra. Incluso me atrevería a decir, que la arrebatadora mujer apenas se había dado cuenta de la presencia de aquel asustadizo y bohemio personaje. Se veían todos los días, sin quererlo al principio, cuando Cross iba a tocar a la parada nº 7 de metro. Todas las tardes eran iguales, las mismas canciones prácticamente con precisión matemática, a la misma hora exacta, en que aparecía ella. Eran una de esas casualidades que se acaban convirtiendo en magníficamente previstas. A las 6 y 42 de la tarde, ya podía oírse de fondo el metro acercarse, mientras “ Knocking on Heaven´s Doors ” se hallaba en su punto álgido, con armónica y guitarra, al más puro estilo Dylan.
Comenzaban a brotarle los nervios del interior del estómago, a medida que iba escuchando el traqueteo metálico del inmenso caballo de acero que se acercaba. Cada vez, un poquito más nervioso, otro poquito más, y así hasta que escuchaba el sonido despresurizado de las puertas que se abrían, a eso de las 7 en punto. Entonces, día tras día, y sin remisión posible, le explotaban flores de los labios, con el calor suficiente para que apoyado por las notas de su guitarra, convirtiese el “Stop Cryin´your Heart” de Oasis, en una espina envenenada de buenas intenciones por su parte.
Y así paso el invierno, de Noviembre a Marzo, con las mismas canciones a la hora exacta, y con la misma sensación de emoción con cada acorde que daba cada vez que ella pasaba por delante. Cada día, ansiaba el momento de que llegasen las 7 de la tarde, para verla otra vez de nuevo, durante esos segundos escasos, en que todo parecía pasar a cámara lenta.
Los días se habían convertido en iguales, siempre con la misma rutina, salir del asqueroso trabajo basura, pero que al fin y al cabo necesitaba para sobrevivir. Deseaba salir huyendo de allí, con la única idea de volver a aquel andén número 7 a las 7 de la tarde, para liberarse con su amiga de seis cuerdas, y verla pasar otra vez. Seguramente serían paranoias suyas, pero quizá aquella chica del ensortijado cabello de ébano, se hubiese percatado de su existencia al fin y al cabo. Notaba que desde hacía unas semanas, sonreía cuando pasaba por delante de él.
Estaba acabando el invierno, y por ello pensó, que la mejor forma de recibir la primavera, sería con un amor florecido. Por eso, la próxima vez que la viese, cuando se acercase, le regalaría una rosa, y se encomendaría a todos los santos, porque aquella historia saliese bien. De todas formas no podría avergonzarse, pues pese a su timidez, podría considerarse el gesto como una galantería. Decido entonces. A la tarde siguiente, compraría la rosa roja más bonita que viese, para llevar acabo la acción que había meditado.
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Cooper

