domingo, septiembre 30, 2007

Vuelta al Hotel para solitarios


Una vez escuche a cierto cantante de moda, que para escribir 10 cosas habria que vivir 100 o 1000. Tras un año de parón, con apenas una decena de nuevas vivencias, vuelvo a huir. Otra vez más vuelvo a mi habitación en el Hotel para Solitarios.

Acabo de llegar sobresaltado, con el corazón a punto de hecharlo por la boca, desbocado. He abierto la puerta, que me ha recibido con un leve chirrido y todo esta igual. La habitación no ha cambiado, las mismas sabanas verdes en en la cama, las mismas paredes blancas, los mismos muebles antiguos, la misma ventana que da al jardin interior.

El camarero sigue como siempre, se ha quedado paralizado al verme entrar como un huracán. Me imagino, que como siempre, subirá a traerme una botella de buen Whiskey. Hay cosas aqui que no nunca cambian. La ventana entreabierta escupe aire, que hacer moverse ritmicamente las cortinas blancas. Camino por la habitación penduleante, dando vueltas y reflexionando sobre los acontecimientos pasados, sobre mi aislamiento, sobre mi tozudez, mi inseguridad, mis miedos, mi cobardia y todo lo que no me deja brillar.

Una vez más, he salido huyendo ante otra oportunidad de conocer un alma gemela. He visto terror ante la posibilidad de que pueda salir mal, pánico a descubrir nuevas cosas sobre mí, que son sospechas, pero que reconozco que existen. Sigo por tanto mintiéndome, mediocremente.

Llaman a la puerta. Es Pablo, el camarero, me ha subido gentilmente una botella de Johny Walker. " Señor - me ha dicho-, tenemos un piano que hemos comprado en una tienda de antigüedades en uno de los salones. Ahora mismo está cerrado, si quiere probarlo y decirnos su opinión, se lo agradeceríamos ". " Lo siento Pablo, no se tocar el piano". "Disculpe las molestias entonces, caballero, pero pensabamos que era usted músico". " Que va hombre, aficionadillo si acaso. Además el piano es demasiado aparatoso para alguien tan torpe como yo". "Bueno, pues lo siento". "Nada hombre, no tiene importancia. Muy amable por subirme la botella "

Procedo a sentarme en una esquina, descalzo y con la camisa por fuera, corbata suelta y vaso entre las manos. Vuelvo a inspeccionar la habitación, y veo que el viejo tocadiscos sigue encima del aparador. Cientos de recuerdos se me aglutinan en el cerebro. Risas con Marga en esa habitación año y pico antes, nuestros cuerpos semidesnudos, besandonos y riendonos. Las horas muertas que pasabamos abrazados sin decirnos nada. Las ocasiones en que detrás de esos silencios, sacaba la guitarra del estuche y desgranaba unos acordes arpegiados mirandola fijamente, en silencio. Y sonaba a gloria. Notaba el comienzo de un fuego que me subia desde la boca del estómago, y que expulsaba en suspiros, con mariposas por mi boca.

Sin embargo todo eso pasó, y ahora me queda la nada. La soledad, el silencio, y la compañía de unos falsos amigos eléctricos, como ordenadores, radios, y cosas modernas, que jamás sustituirían una cálida voz humana. Fuera empieza a llover, el aire ha cesado y las gotas se cuelan por la ventana entreabierta. Esucho un piano en la lejanía. Esta tocando un tema de Lasse Lindth acompañado por una voz melódica y armoniosa. Corro a la ventana, movido por la curiosidad. Para mi sorpresa, es Pablo, el camarero desaliñado, taciturno y afeminado el que toca magistralmente.

Mañana intentaré volver al mundo real con un café y una conversación inteligente. Hoy el whiskey y la autocompasión me espera.


Hasta entonces, buenas noches y bienvenido sea el silencio.