Con Gripe emocional

Pasan los dias, lentos e inagotables ante la pesadumbre de las cuatro pareces de mi cuarto, carceleras del cerebro aqui firmante y del cuerpo febril que lo soporta. Aqui, en la mas remota de las soledades, desde hace unos dias, observo por mi ventana el pasar de los minutos, con dilacion infima del secundero y del tic tac del reloj de pared del salon, situado al final del pasillo, mientras resignado, mis esperanzas se guardan en el deseo de que vuelva la tan ansiada rutina de los quehaceres diarios, en mi mas supina obsesion por encontrar un fin a tanto aburrimiento, necedad y apatia, que atesoro como grises y silenciosos valores, escondidos tras el marco de mi puerta.
No fingire ser un tipo valiente, puesto que jamas lo he sido, aunque a veces pueda parecerlo, sino mas bien alguien tan insignificantemente sensible, que dentro de su cobardia, trata de esquivar los grandes sentimientos que jamas, en mi caso, han podido ser realmente compartidos, como el amor o la amistad, por ejemplo. Aun asi en muchas ocasiones, incluso con cualquier escolta que nos arrope nada es suficiente para sufrir algun choque frontal con esos sentimientos que tratamos de ignorar y por los que nos dolemos en repentinos KO sentimentales. En esos, quiza, la angustia o la sensacion de ser un absoluto perdedor se multiplican tanto, que suelo tratar de autoconvencerme a mi mismo de que todo esta bien, y no pasa nada, aunque sea a costa de mentirme y de creerme mis propias mentiras, en una espiral de lenta autodestruccion con invisibles lagrimas de cocodrilo.
Asi pues, dado que mi cuerpo esta fisicamente aqui, sentado delante de este ordenador, mirando por la ventana el cielo encapotado, mi cerebro huye hacia esa habitacion del hotel para solitarios, donde he construido mi fortin personal. En ella, y de forma invisible, estan mis recuerdos mas privados, los vividos y los imaginados e incluso, los anhelados. Aqui, ese silencio incomodo, que como una losa cae sobre mi espalda, no es mas, que un fiel aliado de mis manos desnudas, sobre mi telecaster roja, sollozando un viejo blues de John Lee Hooker. Quiza me falta cintura, o quiza me este haciendo mayor, o quiza, esta gripe me deje demasiado tiempo libre para pensar en cosas en las que no deberia si quiero seguir viviendo en una feliz mentira de autoproteccion. Sin embargo, ultimamente, me obsesiona la idea de pensar acerca de la soledad, la carencia de amor, o el simplemente desistimiento en la busqueda de esa ELLA que no llega.
Hace unas semanas, John Cusack me acercaba a la realidad en el cuerpo de un cuarenton melomano y soltero, en una de esas peripercias de amor con destino videoclub, tan azucaradas como reales y en cuyos finales, todo siempre sale bien. No es que le tenga mania a John Cusack, es mas, me parece un tipo genial en cuyos papeles me identifico, mas bien creo que es la simple sensacion de envidia o del paso del tiempo la que me agobia y me tiene contra las cuerdas.
Mi vecina de arriba ha vuelto a poner uno de esos horribles discos de italianadas. Horribles si no estas enamorado, claro. O peor aun, si tu quieres estarlo, pero no aparece. Me cago en el amor, asi de claro. Respiro hondo, cojo fuerzas, y salgo con destino a la calle, bien abrigadito, claro. Lo siento, pero hoy Paolo Valessi, Sergio Dalma y compañia, me superan.
Se despide de ustedes, desde su mas ilustre anonimato, este humilde musico del tres al cuarto que les escribe a todos aquellos que les ignoran, como silenciosa sombra de este deambular constante que es la vida.
Me cago en Sergio Dalma.

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