viernes, enero 05, 2007

El Jardin de los Suicidas




Sin girarse, casi a cámara lenta, dejo sus cosas en la mesa y se urgó el bolsillo, con un movimiento tranquilo a la par que desesperado. Saco su paquete de tabaco y encendió un cigarrillo. Sin moverse, pegó una lenta y profunda calada, expulsando el humo, como si le fuese el alma el ello, lenta y profundamente, hasta vaciarse. Y con la misma actitud se dirigió hacia el mini bar, lento, triste, decidido. Abrió la primera botella de whiskey que vio y se sirvió un copa doble, con su hielo, sin agua. Una copa para hombres. Puso un viejo disco de blues y se sentó alli mismo, debajo de la ventana abierta, en el suelo, descalzo, como tirado. Era el momento de beber y beber hasta el olvido, ensimismado en su relación con el líquido de su copa. Y así entre whiskeys y cigarrillos, miro al frente y suspiró, aflojandose el nudo de su corbata negra y remangandose las mangas de la camisa blanca.

Decidió entonces, ante el estruendo del pasillo, salir a los jardines del Hotel, y sentarse en una esquina apartada, y allí, sin más tensiones, beber sin pensar en nada. Beber y beber hasta estar lo suficientemente borracho para dormirse llorando, ebrio de mentiras, de sueños, de apariencias... de vacíos. Se puso la chaqueta, y se acurrucó en torno al vaso, visionando sus fotogramas mentales, su vida, en diapositivas animadas, casi a cámara lenta. Y allí, en aquel lugar, ebrio, rezó para que le llegará la muerte, pese a que sabía de sobra que no le haría el favor de llevarselo. Revisionó sus fracasos, su perdedora vida, su soledad, su angustia, su estúpido trabajo, lo vacío de su ser, lo monocromo de sus días. Y lo que durante tantos años deseó que fuese así, en este instante, le repugnaba. Lloraba angustiosamente, acurrucado en cuclillas, mientras con su mano, colocó el cañón de sus dedos sobre su sién, apretó las mandulas y se autodisparó.

Mañana sería otro día, o quién sabe, quizá no. Quizá mañana, los aclamados Reyes Magos, le hubiesen traído el regalo de despojarle de su insípida vida, como cástigo o bendición, por no haber sabido afrontarla con dignidad. Quizá también, ese personaje mañana, sea yo. Quien sabe, lo que pasará mañana. Por si mañana, no les veo, no vayan a mi entierro, no les merecerá la pena.
Descanse en paz.